• María Chi

Rolling en lo profundo

Actualizado: 27 de nov de 2018

¿Cómo se imaginan al amor de su vida? Ay, se me olvidó que ya no creo en eso y que no hay que discriminar pero al deseo me lo imagino con treinta y siete años (sorry toddlers), tatuado, ojos claros, barba; el sueño de mi vida en mi soltería cuando agarro la peda.


Mi ahora ex novio (uno de tantos y no es queja), me invitó a una cena en una cantina. Estaba cerrando negocios con unas personas y quería que lo acompañara porque todos iban con pareja. La hueva de conocer gente se me quita cuando existe la palabra #negocios y cuando hay alcohol de por medio, la neta padre. Llegamos, me presentó a sus jefes/socios/con los que trabajaba y sí, mea culpa cuando vi a su jefe mi cara se volvió color tomate. El deseo hecho pies en una playera negra, skinny jeans negros, y una chamarra de cuero; tanto negro hace que sus ojos se vean más verdes #fact, lo único que no le iba era la tipa que no se le quitaba de encima #laamigasediocuenta #noestoyardida. Era su novia, ni siquiera recuerdo su nombre. En algún momento de mi peda intercambiamos teléfonos sin que los novios se dieran cuenta, a veces creo que yo me di cuenta de lo que había hecho varios cargos de consciencia después.



Pasó algún tiempo y ese novio se convirtió en pasado, como cualquier mujer ardida y recién soltera le abrí las piernas a mi primera opción y que mejor que mandar un whatsapp al jefe del ex novio. Lo primero fue stalkearle el Instagram, no iba a hacer el oso de buscarlo si seguía con la novia. Instagram no me ayudó tanto, puras fotos de paisajes y cositas muy bonitas, el Instagram más aburrido ever, aún más que el de la tía que sólo sube fotos de sus perros, su jardín y su vida de nueva rica jubilada. Pasé al twitter, nada. Tuve que buscarlo en Facebook y ¡bam! foto de perfil: solo, comentarios sin corazoncitos. Eso, más la foto en solo de whatsapp quería decir problemas con la pareja o una bendita soltería (bendita para mí, claro esta). Se dio la conversación y comenzaron las salidas. Todo iba bien, nada extraordinario hasta que llegó la tercera cita en su casa entre porros y chelas. Empezamos a vernos para coger porque era lo único que nos salía bien; un coto sencillo nos llevaba a la cama, al pasillo, a la cocina, al estudio y al terminar, a falta de palabras empezábamos a pelear. Así era siempre, gritos por las escaleras, aventones de ropa, podíamos dejarnos con los gritos en la boca y así irnos. La policía llegó una vez, los vecinos tres.



La última vez que lo vi me invitó a una fiesta, bajó a abrirme, no por caballerosidad sino porque había que comprar más cerveza (salgo con puro caballero). En el camino al Oxxo, me dijo que mi ex estaba poniendo música. REAL, ¿cómo se le podía ocurrir invitarlo e invitarme? Pinche psycho, pensé. La neta es que no quería problemas, iba sola porque él era mi date y mi ex estaba ahí, no conocía más que a dos personas más. Cuando le dije que me iba, sacó el celular, llamó a su mejor amigo y me dejó ahí a media calle tratando de pasar las piedritas en tacones. ¿Qué chin-ga-dos le pasaba? pero era de noche así que me apuré a alcanzarlo. Parecía un venadito recién salido de su mamá venado tratando de correr en tacones. Llegando me volvió a preguntar si no subía, le dije que no y se fue.


Su mejor amigo bajó a abrazarme y él, regresó y vio la escena. Me dijo de todas las maneras posibles, la que me enojó más entre todas sus mentadas de madre fue la única que no contenía malas palabras, cuando me dijo fresa. Empecé a llorar, ¿qué puede hacer una chica de 26 años cuando su date la llama fresa enfrente del mejor amigo? llorar. ​

—Además de fresa, ¡chillona!

Iba atrás de él preparada para tirar mi primer cachetada en toda mi vida pero tuve que reaccionar para que la puerta no me deformara la mano y no se quedara atrapada porque después de llamarme chillona y fresa, me azotó la puerta en mi carita llena de lagrimitas y con el maquillaje corridito.

Su mejor amigo le gritó que era un mamón mientras me abrazaba y me consolaba, cuando le di las gracias, trató de besarme. Le dije que no y me re definió como fresa, “sí, eres bien fresilla”. Me solté a llorar aún más fuerte y llegando a mi coche el cual, no prendió a la primera, tomé el teléfono y llamé a mi mejor amigo:

—Me dijeron fresa, güey, o sea, ¿qué pedo con la gente, güey?

A la media hora de estar parada en el tráfico de Reforma, apagué mi teléfono y puse Rolling in the deep al volumen más fuerte que pude. Adele hubiera estado tan orgullosa de mí.

La mañana siguiente cuando prendí mi móvil, tenía un whatsapp: un emoji de lengua, un emoji de ojos, un mensaje pidiéndome que regresara, otro diciendo que no aguantaba nada y un último diciendo que todo había sido una farsa, “era por molestar”. Ya no puse Adele, lo cambié por Safe and Sound.

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