• María Chi

Safe & Sound

Safe and Sound era mi nueva letra de motivación después de que Single Ladies todavía me tiene esperando a que le pongan un anillo a mi dedo. No más Adele y sí más bailes en el coche atoradísima en Reforma.


Pasé de mujer llorando en el tráfico de Reforma mientras escucha a Adele a mujer que le platican de una app para conocer chicos llamada: Tinder. También, pasé a mujer que acaba de descubrir que ya no tiene que usar taxis de sitio ni andar pidiendo rides porque #fuerte e #independiente y descubrí Uber. No soy generación antes de Cristo pero sí me tocaron los lanzamientos de estas aplicaciones. (No me juzgues Millennial, vendrán generaciones posteriores a ti, amén.) Al inicio de Tinder, había más carne fresca y menos migajas if you know what I mean. Así conocí al no amor de mi vida #13. ¿Su nombre? No lo sé, ahora la privacidad vale más que mil millones de quetzales. Tampoco estoy segura del número de enamoramiento fugaz. Match con #13 e intercambio de teléfonos. No buscaba el amor, no buscaba más que probar una aplicación.



Ya lo había medio stalkeado (hasta encontré el nombre de su maestra de Kinder II). Fotos en museos, expos, viajes. Empezamos a tener conversaciones cortas, sabía que, aunque hablara pura pendejada, era pendejada de culto. Me estaba comiendo al mundo en varios swaps. #13 y yo nos hicimos amigos, era de mis pocos amigos paps, el chico era todo un mirrey y ese mirrey me invitó a salir.

Recibí un texto suyo invitándome a un concierto. Todo gratis y gratis todo, ¿quién soy yo para decir que no a un concierto gratis, aunque ni siquiera conozca al grupo? Me quedaba cerca de la oficina y era mi oportunidad para pedir Uber así que obvio me hice la difícil y acepté.


Pedí un Uber por primera vez, pagar $100 pesos por 10 calles no me hacían tan feliz pero traía tacones y me regalaban agua además, se suponía que mi primer viaje sería gratis y gratis es una palabra mágica. Al fin llegué, no sabía cómo lo iba a reconocer, no sabía cuál era su nombre real, no sabía qué esperar.

El #13 se parecía a Lord Farquad en rubio y no es queja, yo mido 1.20cms, no quiero a alguien con quien parezca que vendo galletas de scouts. Si dejamos el físico aparte, el #13 era buena onda, sólo eso. No había química, no había nada más que alcohol por todos lados. La única canción que conocía era Safe and Sound, sigo sin saber al concierto de quién fui, pero sé que tocaron la misma rola como un loop por dos horas, eso recuerdo, estaba borracha, no me culpen. Él se encontró a varios amigos y yo me la pasé mejor con ellos y a él le pasó lo mismo. Me desaparecí y viví una hora de chupes regalados, a veces ser mujer tiene beneficios como hombres tratando de alcoholizarte. (No tan rápido, feminazis, es sarcasmo,).



Nos hicimos amigos de un músico al que se le perdieron los amigos y nos quedamos con él todo lo que quedaba del concierto, se había vuelto nuestro punto de equilibrio y nos invitó varios tragos más. Cuando terminó el concierto, esperé a que la gente saliera mientras me tomaba unos tragos más y ahí estaba #13, esperando por mí con un papel en la mano. Nuestro amigo, el músico, le había dejado su teléfono para que me lo pasara. #13 intentó llevarme a casa, pero ya había pedido un Uber y estaba emocionada por tomarlo además pensaba que, si él me llevaba a mi casa y me quería besar, iba a vomitar su coche y a él y qué oso (no sería la primera vez). Cuando llegó mi Uber le di un abrazo y me fui dejándolo otra vez (como las casi dos horas de concierto), en la mitad de la calle. No sabía ni cómo llegar a casa así que le di mi IFE al conductor, pero cuando pasamos por un puesto de tacos no pude evitar pedirle que se bajara por unos y hasta le invité una orden. Cuando desperté tenía un correo con la cuenta del Uber, mensajes del banco que me decían todo lo que había gastado y un mensaje de Juan que aún no abro por estar consiguiendo trabajos como freelance. Ya no tenía dinero para la renta. ¿Las tarjetas de crédito, qué?

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